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Conocimientos básicos que se requieren para meditar Para practicar las meditaciones que se exponen en los siguientes capítulos, es imprescindible creer en la reencarnación. Por ello, a continuación se describe con brevedad el proceso de la muerte y el renacimiento, y los diversos lugares donde podemos renacer. La mente no es un objeto material ni un subproducto de procesos físicos, sino una entidad continua e inmaterial distinta del cuerpo. Aunque el cuerpo deje de realizar sus funciones en el momento de la muerte, la mente continúa existiendo. Nuestra mente consciente superficial cesa porque se disuelve en un plano de consciencia más profundo -la mente muy sutil- y, por lo tanto, deja de manifestarse. Esta mente muy sutil, cuyo continuo no tiene principio ni fin, es la que se transforma en la mente omnisciente de un Buda cuando la purificamos por completo. Las acciones que efectuamos imprimen huellas en nuestra mente muy sutil
que, al cabo del tiempo, producen sus correspondientes resultados. Nuestra
mente se puede comparar con un campo de siembra, y las acciones que realizamos,
con las semillas que en él se plantan. Las acciones virtuosas son
las semillas de nuestra felicidad futura, y las perjudiciales, las de
nuestro sufrimiento. Estas semillas permanecen ocultas en nuestra mente
hasta que producen su efecto, cuando se reúnen las condiciones
necesarias para su germinación. Además, desde que se realiza
la acción original hasta que maduran sus consecuencias, pueden
transcurrir varias vidas. La elección de esta analogía no es casual porque, en realidad, el proceso de dormir, soñar y despertar es semejante al de la muerte, el estado intermedio y el renacimiento. Cuando nos dormimos, los aires internos burdos se reúnen y disuelven en el chakra del corazón, en el canal central, y la mente se vuelve cada vez más sutil hasta que se transforma en la mente muy sutil de la luz clara del dormir. Cuando esta se manifiesta, experimentamos el sueño profundo y parece como si estuviésemos muertos. Cuando este estado cesa, la mente se vuelve cada vez más burda y experimentamos las diversas fases del sueño. Finalmente, recuperamos el poder de la memoria y el control mental, y nos despertamos. Cuando esto ocurre, el mundo onírico desaparece y percibimos el mundo de vigilia. Cuando nos morimos, ocurre un proceso similar. Al morir, los aires internos se disuelven en nuestro interior y nuestra mente se vuelve cada vez más sutil, hasta que se manifiesta la mente muy sutil de la luz clara de la muerte. La experiencia de la luz clara de la muerte es parecida a la del sueño profundo. Cuando la luz clara de la muerte cesa, experimentamos las etapas del estado intermedio o bardo en tibetano, que es como un estado onírico que ocurre entre la muerte y el renacimiento. Al cabo de unos días o semanas, el estado intermedio cesa y, entonces, renacemos. Al despertar de un sueño, el mundo onírico desaparece y percibimos el mundo del estado de vigilia. Del mismo modo, cuando renacemos, las apariencias del estado intermedio cesan y percibimos el mundo de nuestra nueva vida. La diferencia principal entre el proceso de dormir, soñar y despertar, y el de la muerte, el estado intermedio y el renacimiento, consiste en que cuando la luz clara del sueño cesa, se mantiene la conexión entre la mente y el cuerpo, mientras que cuando la luz clara de la muerte cesa, esta conexión se rompe.
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© 2003 Introducción
a la meditación |